Veinte años después de aquella primera bocanada de ilusión en Alemania 2006, vuelvo a prepararme para desafiar al destino con mi trompeta al hombro y el corazón latiendo por España. El Mundial de Norteamérica 2026 ya aparece en el horizonte y, una vez más, allí estaré siguiendo cada paso de la Selección Española desde la primera línea de batalla. Porque para mí esto nunca fue únicamente fútbol. Esto siempre ha sido una forma de vida.
He confirmado oficialmente que asistiré a todos los partidos de España durante esta Copa del Mundo. No se trata simplemente de otro viaje detrás de la selección. Es mucho más que eso. Es la continuación de una historia de fidelidad absoluta que comenzó hace ya dos décadas recorriendo el planeta con una bandera, una camiseta y una trompeta que terminó convirtiéndose en parte de la identidad de la afición española.
Desde aquellas calles de Leipzig en 2006 hasta los enormes estadios de Atlanta, Miami, Guadalajara o Nueva Jersey, he vivido un camino imposible de explicar con palabras. Han sido años de kilómetros infinitos, madrugadas eternas, aeropuertos, carreteras y emociones que han marcado mi vida para siempre. Allí donde juega España, allí aparece mi trompeta como un grito de guerra, como el rugido que despierta a la Furia Española y convierte cualquier rincón del mundo en territorio español.
Pero siento que esta vez el destino me tiene preparado algo todavía más grande. Mientras la Selección de Luis de la Fuente asombra al mundo con una racha histórica de 30 partidos oficiales consecutivos sin conocer la derrota, existe un detalle que hace todavía más especial todo lo vivido hasta ahora: soy el único aficionado del planeta que ha presenciado en directo absolutamente todos y cada uno de esos encuentros.
Desde aquella noche frente a Italia en junio de 2023, mi trompeta nunca ha faltado a la cita. Treinta partidos. Treinta batallas. Treinta noches defendiendo desde la grada el orgullo de todo un país. Cada desplazamiento ha sido una final. Cada himno una emoción imposible de controlar. Cada victoria un recuerdo que permanecerá conmigo para siempre.
Ahora el fútbol nos coloca frente a un desafío reservado únicamente para las grandes leyendas. Si España consigue avanzar con fuerza durante el Mundial y alcanza la gran final del próximo 19 de julio, nuestra Selección podría superar el récord histórico de 37 partidos oficiales invicta que mantiene la Italia de Mancini.
Y allí quiero estar. En el instante exacto donde la historia pueda romperse para siempre. Sosteniendo mi bandera en la grada y acompañando a España en una de las mayores gestas que jamás haya vivido el fútbol moderno. Pensar que podría convertirme en el único aficionado del mundo en presenciar en vivo ese récord es algo que todavía me cuesta creer.
Lo que comenzó siendo el sueño de un chaval malagueño terminó convirtiéndose veinte años después en una historia reconocida dentro y fuera de los estadios. Durante la última Eurocopa sentí como nunca el cariño de la gente, liderando cánticos, empujando al equipo en los momentos más difíciles y convirtiéndome en la voz de miles de españoles repartidos por toda Europa.
Empecé este sueño mundialista en Alemania 2006 con la ilusión de un niño y hoy, veinte años después, esa ilusión sigue intacta. Incluso es todavía mayor. Porque este equipo nos hace creer que todo es posible y porque siento que estamos viviendo algo que puede quedar grabado para siempre en la historia de nuestro fútbol.
El próximo 15 de junio comenzará una nueva expedición con el debut frente a Cabo Verde. A partir de ese instante volverá a sonar mi trompeta con la fuerza de siempre. Porque hay aficionados que simplemente animan. Hay otros que acompañan. Y luego estamos los que hacemos de la Selección Española nuestra propia forma de entender la vida.
Y si algo he aprendido después más de veinte años recorriendo el mundo detrás de España, es que los sueños imposibles únicamente existen hasta que alguien decide perseguirlos sin rendirse jamás.
